Fíjate bien en la cara de tu gato: esos bigotes largos y rígidos que le dan tanto encanto no son un simple adorno. Son uno de los órganos sensoriales más sofisticados del reino animal, y tu gato los usa constantemente para «ver» el mundo de una forma que a nosotros se nos escapa por completo.

Un radar de precisión en la cara
Los bigotes (técnicamente llamados vibrisas) están conectados en su base a terminaciones nerviosas y receptores de presión extraordinariamente sensibles. Detectan corrientes de aire mínimas, lo que permite al gato percibir obstáculos, presas o movimientos cercanos incluso en la oscuridad total. Por eso un gato puede moverse con soltura por una habitación sin luz: sus bigotes le informan de todo lo que tiene alrededor.
Un medidor de huecos incorporado
Los bigotes del morro crecen, por lo general, hasta alcanzar una anchura similar a la del cuerpo del gato. Antes de colarse por un hueco estrecho, el gato introduce la cabeza y usa los bigotes como calibre: si rozan los bordes, sabe que su cuerpo probablemente no pasará. Es un sistema de medición instantáneo y sorprendentemente fiable.
No solo están en el morro
Aunque los más visibles son los del hocico, los gatos también tienen vibrisas sobre los ojos (a modo de cejas), en la barbilla y en la parte trasera de las patas delanteras. Estas últimas son clave para la caza: le indican la posición exacta de la presa cuando la sujeta con las patas, un momento en el que su vista de cerca es bastante mala.
El «humor» de los bigotes
La posición de los bigotes también comunica su estado de ánimo: relajados y hacia los lados indican tranquilidad; proyectados hacia delante, curiosidad o modo caza; pegados hacia atrás contra la cara, miedo o irritación. Aprender a leerlos es una forma estupenda de entender mejor a tu gato.
Por qué nunca debes cortarlos
Cortar los bigotes a un gato no le duele (no tienen nervios en el pelo en sí), pero le deja temporalmente «desorientado»: pierde precisión al calcular distancias, se muestra inseguro y puede chocar con objetos. También conviene usar comederos anchos y poco profundos, ya que el roce constante de los bigotes contra las paredes del cuenco resulta molesto para muchos gatos (la llamada «fatiga de bigotes»).
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